Reina al interior de esa escalera de caracol un claror reticente, en el que flota en suspensión la raspadura de madera beige. Al ruido de zapatos que la fatiga alza de un peldaño al otro, siguiendo un eje mugroso, nos desplazamos al ritmo de granos de café en el engranaje triturador.
Cada cual se cree libre de movimientos, porque una opresión sencilla al extremo, que no difiere mucho de la gravedad, así obliga: desde el fondo de los cielos la mano la miseria hace girar el molino.
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A decir verdad, la salida nos es tan peligrosa para nuestra forma. Esa puerta que hay que pasar no tiene sino un gong de carne del tamaño de un hombre, el vigilante que la obstruye a mitad: más bien que de un engranaje, se trata aquí de un esfínter. Cada cual, acto seguido, es expulsado de ahí vergonzosamente sano y salvo, aunque muy deprimido, por unos intestinos lubrificados con cera, con fly-tox, con luz eléctrica. Separados bruscamente por largos intervalos, nos encontramos entonces en una atmósfera aturdidora de hospital de duración de cura indefinida para la atención de bolsillos planchados, yendo a toda velocidad a través una suerte de monasterio-pista de patinaje cuyos canales numerosos se cortan en ángulos rectos, - en donde el uniforme la chaqueta raída.
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Pronto después, en cada servicio, se abren con un rudo terrible, los armarios de cortina metálica, -de donde descienden pesadamente los cartapacios, como espantosos pájaros-fósiles familiares, desgajados de sus estratos, para posarse sobre las mesas en donde resoplan. Comienza un estudio macabro. Oh, analfabetismo comercial, es hora de la larga, sempiterna celebración de tu culto, bajo el ruido de máquinas sagradas, que hay que servir.
Todo se inscribe a medida en impresos de varias copias, en donde la palabra reproducida en tonos malva cada vez más pálidos terminaría sin duda por disolverse en el desdén y en tedio mismo del papel, si no hubiera los registros de vencimiento, esas fortalezas de cartón azul muy sólido, perforados en el centro por un ventanuco redondo para que ninguna hoja ahí se disimule en el olvido.
Dos o tres veces por día, en medio de ese culto, el correo multicolor, radiante y bobo como un pájaro de las islas, recién salido de los sobres marcados de negro por el beso del correo, viene de sopetón a posarse frente a mí.
Cada hoja extranjera es adoptada entonces, confiada a una pequeña paloma de la casa, que la guía a destinad sucesivas hasta su clasificación.
Ciertas joyas sirven para estos amarres momentáneos: clips de esquina dorados, broches serafines, clips trombón esperan en sus escudillas ser utilizados.
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Sin embargo, poco a poco, mientras la hora corre, la ola crece en el cesto de los papeles. Cuando está a punto de desbordarse, es mediodía: un timbre estridente invita a desaparecer inmediatamente de esos lugares. Reconozcamos que nadie se lo hace decir dos veces. Una carrera loca se disputa en las escaleras, en donde ambos sexos autorizados a confundirse en su fuga, cuando no lo estaban a la entrada, se entrechocan y se atropellan cual más, cual menos.
Es entonces cuando los jefes de servicio toman verdaderamente conciencia de su superioridad: "Turba ruit ou ruunt"; con marcha de sacerdotes, dejando pasar el galope de monjes y monjecillos de todo orden, visitan ellos lamente su dominio, rodeado por privilegio de cristales esmerilados, en un decorado en donde las virtudes aromáticas son la altivez, el mal gusto y la delación, - y al llegar a su vestuario, donde no es raro que se encuentren guantes, un bastón, un echarpe de seda, se quitan de pronto los hábitos de su mueca característica y se transforman en verdaderos hombres de mundo.
(versión de Waldo Rojas para :"Antología crítica, Francis Ponge", Gog & Magog, Bs.As., 2016)
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