miércoles, 25 de septiembre de 2013

La ostra


   La ostra, del tamaño de un canto rodado común y corriente, posee una apariencia más áspera, un color más disperso, blancuzco en su brillo. Un mundo que se encierra obstinadamente. Y aún así, se la puede abrir: hay que sujetarla hundiéndola en un paño, usar un cuchillo breve y algo dudoso, proceder así una y otra vez. Se cortan ahí los dedos curiosos, se quiebran ahí las uñas: es un trabajo rústico. Los golpes que recibe graban su envoltura con círculos blancos, con una especie de aureolas.
   Adentro se encuentra un mundo para beber y comer: bajo un firmamento (propiamente dicho) de nácar, los cielos que están por encima se hunden en los cielos que están por debajo hasta formar un solo charco, una bolsa verdosa y viscosa en un fluir y refluir con el olor y los ojos, a la que se ha envuelto con un negruzco encaje en los ribetes.
Muy raras veces brota una fórmula en su orificio de nácar; de ahí que uno busque rápidamente adornarse.

La vela

La noche aviva a veces una planta singular cuya luz descompone las habitaciones amuebladas en macizos de sombra.
Su hoja de oro se sostiene impasible de un pedúnculo muy negro en el hueco de una columnita de alabastro.
Las polillas la atacan de preferencia durante la luna llena, que vaporiza los bosques. Pero, quemadas enseguida o ahechadas en la gresca, todas se estremecen al borde de un frenesí rayano en el estupor.
Mientras tanto la vela, por un temblor de las claridades sobre el libro en el momento del desprendimiento de los vapores originales alienta al lector. —después se inclina sobre su plato y se ahoga en su alimento.

Orillas del mar

   El mar hasta la cercanía de sus límites es una cosa sencilla que se repite ola por ola. Pero para llegar a las cosas más sencillas en la naturaleza es necesario emplear muchas formas, muchos modales; para las cosas más profundas sutilizarlas de alguna manera. Por eso, y también por rencor contra su inmensidad que lo abruma, el hombre se precipita a las orillas o a la intersección de las cosas grandes para definirlas. Pues la razón en el seno de lo uniforme rebota peligrosamente y se enrarece: un espíritu necesitado de nociones debe ante todo hacer provisión de apariencias.

   Mientras que el aire hasta cuando está atormentado por las variaciones de su temperatura o por una trágica necesidad de influencia y de informaciones directas sobre cada cosa sólo superficialmente hojea y dobla las puntas del voluminoso tomo marino, el otro elemento más estable que nos sostiene hunde en él oblicuamente hasta la empuñadura rocosa anchos cuchillos de tierra que se quedan inmóviles en su espesor. A veces encontrándose con un músculo enérgico una hoja vuelve a salir poco a poco: es lo que se llama una playa.

   Desorientada al aire libre, pero rechazada por las profundidades aunque hasta cierto punto tenga familiaridad con ellas, esta parte de la extensión se estira entre lo uno y lo otro más o menos leonada y estéril, y por lo común no sostiene más que un tesoro de desechos incansablemente alisados y recogidos por el destructor.

   Un concierto elemental, por lo discreto más delicioso y digno de reflexión, se ha ajustado allí desde la eternidad para nadie: desde que se formó por operación sobre una chatura sin límites del espíritu de insistencia que suele soplar de los cielos, la ola llegada de lejos sin choques y sin reproche al fin por primera vez encuentra a quién hablar. Pero una sola y breve palabra se confía a los cantos rodados y a las conchillas, que se muestran muy conmovidas, y la ola expira prefiriéndola; y todas las que la siguen expirarán también haciendo otro tanto, a veces quizá con fuerza algo mayor. Cada una por encima de la otra cuando llega a la orquesta se levanta un poco el cuello, se descubre, y da su nombre al destinatario. Mil señores homónimos son así admitidos el mismo día a la presentación por el mar prolijo y prolífico en ofrecimientos labiales a cada orilla.

   Así también en vuestro foro, oh cantos rodados, no es, para una grosera arenga, algún villano del Danubio el que viene a hacerse oír: sino el Danubio mismo, mezclado con todos los otros ríos del mundo después que han perdido su sentido y su pretensión y están profundamente reservados en una desilusión amarga sólo al gusto de quien se cuidara mucho de apreciar por absorción su cualidad más secreta, el sabor. Porque es, en efecto, después de la anarquía de los ríos, a su abandono en el profundo y copiosamente habitado lugar común de la materia líquida a lo que se ha dado el nombre de mar. De ahí que éste parecerá aun a sus propias orillas siempre ausente: aprovechando el alejamiento recíproco que les impide comunicarse entre sí como no sea a través de él o por grandes rodeos, hace creer sin duda a cada una que se dirige espcialmente hacia ella. En realidad, cortés con todo el mundo, y más que cortés: capaz para cada cual de todos los arrebatos, de todas las convicciones sucesivas, conserva en el fondo de su permanente tazón su posesión infinita de corrientes. Sale apenas de sus bordes, por sí mismo pone freno al furor de sus olas y, como la medusa que él abandona a los pescadores como lrnagen reducida o muestra de sí propio, se limita a hacer una reverencia extática por todas sus orillas.

   Eso es lo que ocurre con la antigua vestidura de Neptuno, amontonamiento pseudo-orgánico de velos unidamente extendidos sobre las tres cuartas partes del mundo. Ni el ciego puñal de las rocas, ni la más perforadora de las tormentas que hacen girar atados de hojas al mismo tiempo, ni el ojo atentó del hombre usado con dificultad y por lo demás sin control en un medio inaccesible a los orificios destapados de los otros sentidos y trastornado más todavía por un brazo que se hunde para agarrar, han leído ese libro.

(Vresión de J.L.Borges, Sur, Buenos Aires, Año XVI, N° 147-148-149, enero, febrero, marzo e 1947)

martes, 24 de septiembre de 2013

La mariposa

   Cuando el azúcar elaborado en los tallos surge al fondo de las flores, como al fondo de las tazas mal lavadas, -un gran esfuerzo se produce por tierra, de donde las mariposas levantan de golpe su vuelo.
 Pero como cada oruga tuvo la cabeza cegada y dejada negra, y el torso enflaquecido por la verdadera explosión de donde las alas simétricas flamearon, desde entonces la mariposa errática tan sólo se posa al azar de su carrera, o dando esa impresión.
    Fósforo volante, su llama no es contagiosa. Y, además, llega muy tarde y no puede sino comprobar las flores abiertas. No importa: conduciéndose como un lamparero, verifica la provisión de aceite de cada una. Posa en la cumbre de las flores el guiñapo atrofiado que lleva con sigo y venga así su larga humillación amorfa de oruga al pie de los tallos.
    Minúsculo velero de los aires maltratado por el viento como pétalo redundante, vagabundea por el jardín.

(Versión de Alfredo Silva Estrada)

El ciclo de las estaciones

   Cansados de haberse contraído todo el invierno, los árboles de golpe se jactan de estar engañados. No pueden contenerse más: sueltan sus palabras, una oleada, un vómito verde. Tratan de llegar a una foliación completa de palabras. ¡Qué importa! ¡Eso se ordenará como pueda! Pero, en realidad, ¡se ordena! Ninguna libertad en la foliación…    Lanzan, al menos lo creen ellos así, ésta o cualquier otra palabra, lanzan tallos donde suspender más palabras todavía: los troncos nuestros, piensan ellos, están allí para asumirlo todo. Se esfuerzan por esconderse, por confundirse  unos  en  otros. Creen poder decirlo todo, recubrir enteramente el mundo con palabras variadas:  y  tan sólo dicen “los árboles”. Incapaces hasta de retener a los pájaros que de ellos vuelven a partir, ellos que se alegraban de haber producido tan extrañas  flores. ¡Siempre la misma hoja, siempre el mismo modo de desplegarse, y el mismo límite, siempre hojas simétricas a sí mismas, simétricamente suspendidas! ¡Intenta una hoja más! - ¡La misma! ¡Otra más! ¡La misma!    Nada, en suma, podría detenerlos, sino, de pronto, esta observación: “Uno no sale de los árboles con medios de árbol”. Un nuevo cansancio, y una actitud moral completamente nueva. “Dejemos que todo esto amarillezca y caiga. Venga el taciturno estado, el despojamiento, el OTOÑO”.

La naranja

   Al igual que la esponja, la naranja aspira a recobrar su compostura tras pasar por la prueba de haber sido estrujada. Pero si bien la esponja lo consigue siempre, la naranja jamás, porque sus células ya estallaron, sus tejidos ya se desgarraron. Mientras externamente va de a poco recobrando su forma gracias a su elasticidad, un líquido de color ámbar se ha derramado, acompañado de un frescor y de perfumes suaves, es verdad, pero también a veces de la amarga conciencia de que han sido expulsadas precipitadamente sus pepitas.
  ¿Hay que tomar partido entre estas dos maneras de soportar la opresión? La esponja es puro músculo, y se llena de viento, del agua limpia o sucia, según el caso, y esta gimnasia es innoble. La naranja es más refinada, pero demasiado pasiva -y el sacrificio perfumado… es en verdad hacerle las cosas demasiado fáciles al opresor.
   Pero no es suficiente para hablar de la naranja el haber recordado su manera específica de perfumar el aire regocijando a su verdugo. Es necesario destacar también el glorioso tono del líquido derramado que, mejor que el jugo del limón, obliga a la laringe a abrirse generosamente para decir la palabra y para tomarlo, sin muecas aprensivas, sin rispidez en las papilas gustativas.Y uno se queda sin palabras para contar la admiración que despierta la envoltura de la tierna, frágil y rosada esfera en este espeso papel secante húmedo en el que la epidermis extremadamente fina pero muy pigmentada, hirientemente sápida, tiene el punto justo de rugosidad que permite retener dignamente la luz sobre la forma perfecta de la fruta.Pero al final de un estudio demasiado breve, hecho lo más rotundamente posible, es necesario ir al grano: la semilla, parecida a un minúsculo limón, tiene el color de la madera blanca del limonero, y por dentro es de un verde de arveja o de brote nuevo. Y allí se puede reencontrar, detrás de la explosión sensacional del farol veneciano de sabores, colores y perfumes que es la esfera frutada en sí misma, la relativa dureza y el verde (no desprovisto por cierto de sabor) de la madera, de la rama y la hoja: un resumen pequeño pero que ciertamente es la razón de existir de la fruta.

El Molusco

   El molusco es un ser —casi una— cualidad. No necesita armazón, sino sólo una muralla; es algo como el color en un tubo.
 La naturaleza renuncia aquí a la presentación del plasma en forma. Sólo muestra que se interesa por él al protegerlo cuidadosamente dentro de un joyero, cuya cara interior es la más bella. 
  No es, pues, un simple esputo, sino una realidad de las más preciosas. 
  El molusco está dotado de una potente energía para encerrarse. No es en verdad más que un músculo, un gozne, un blount y su puerta. 
   El blount que ha segregado la puerta. Dos puertas ligeramente cóncavas constituyen su morada entera. 
   Primera y última morada. Se aloja en ella hasta después de su muerte. 
   Nada qué hacer para sacarlo vivo. 
   La menor célula del cuerpo del hombre se sujeta así, y con esta fuerza, a la palabra —y recíprocamente.
   Pero a veces otro ser viene a violar esta tumba, cuando está bien hecha, y a establecerse en el lugar del constructor difunto. 
   Es el caso del ermitaño. 


(Versión de Miguel Casado)

La lluvia


   La lluvia, en el patio donde la miro caer, cae con apariencias muy diversas. En el centro, forma una delgada cortina (o red) discontinua, de una caída implacable pero relativamente lenta de gotas probablemente bastante livianas, una precipitación 
sempiterna, sin vigor, una fracción intensa de meteoro puro. A poca distancia de los muros a izquierda y derecha, caen ruidosamente gotas más pesadas, individuadas. Aquí parecen tener el grosor de un grano de trigo, allí el de un guisante, más allá el de una cuenta. Sobre los listeles, sobre las balaustradas de la ventana corre la lluvia horizontal mientras que sobre la faz interior de estos mismos obstáculos queda suspendida como caramelos de forma convexa. Según la superficie toda del pequeño techo de zinc que domina la mirada, corre en pequeños arroyitos de colores cambiantes a causa de las tan variadas corrientes que se desprenden de las imperceptibles ondulaciones y resaltos del techo. Desde el canalón adyacente en el cual se desliza contenida en un cauce hueco sin mayor pendiente, cae súbitamente como un hilo perfectamente vertical, trenzado bastante groseramente, hasta chocarse con el suelo donde resurge bajo la forma de brillantes agujas.
   Cada una de estas formas tiene un apariencia particular, y a cada una responde un ruido particular. El todo vive con una intensidad como si se tratara de un complicado mecanismo, tan preciso como azaroso, como el de un reloj cuya cuerda es el peso de una determinada masa de vapor en precipitación.
   El timbre al tocar el suelo los hilos verticales, el gluglú de las goteras, los minúsculos toques de gong se multiplican y resuenan a la vez en un concierto sin monotonía, no sin delicadeza.
   Cuando se le acaba la cuerda, algunos engranajes continúan funcionando por un tiempo, se vuelven cada vez más lentos y luego toda la maquinaria se detiene. Entonces, si el sol reaparece, todo se borra rápidamente, el aparato brillante se evapora: ha llovido.

(Versión de Miguel Casado)

El fuego

  El fuego hace una ordenación: primero, todas las llamas se mueven en un sentido…
..(No se puede comparar el modo de andar del fuego más que con el de los animales: debe dejar un lugar para ocupar otro; camina a la vez como una ameba y como una jirafa, salta con el cuello, repta con un pie)…
..Luego, mientras las masas contaminadas con método se desploman, los gases que escapan se van transformando en una sola rampa de mariposas.

(trad. Miguel Casado)

Del agua


  Más abajo que yo, siempre más abajo que yo está el agua. Siempre la miro con los ojos bajos. Como el suelo, como una parte del suelo, como una modificación del suelo.

  Es blanca y brillante, informe y fresca, pasiva y obstinada en su único vicio: el peso, y dispone de medios excepcionales para satisfacer este vicio: contornea, atraviesa, corroe, se infiltra.

  En su propio interior funciona también el vicio: se desfonda sin cesar, renuncia a cada instante a toda forma, sólo tiende a humillarse, se acuesta boca abajo en el suelo, casi cadáver, como los monjes de ciertas órdenes. Cada vez más abajo: tal parece ser su divisa: lo contrario de excelsior.


                                                                   * * *

   Casi se podría decir que el agua está loca, por esa histérica necesidad de no obedecer más que a su peso, que la posee como una idea fija.

  Es verdad que todas las cosas del mundo conocen esa necesidad, que siempre y en todas partes debe satisfacerse. Este armario, por ejemplo, se muestra muy testarudo en su deseo de adherirse al suelo, y si algún día llega a encontrarse en equilibrio inestable preferirá deshacerse antes que oponérsele. Pero, en fin, hasta cierto punto juega con el peso, lo desafía: no se está desfondando en todas sus partes; la cornisa, las molduras no se prestan a ello. Hay en el armario una resistencia en beneficio de su personalidad y de su forma.

  LÍQUIDO es, por definición, lo que prefiere obedecer al peso para mantener su forma, lo que rechaza toda forma para obedecer a su peso. Y lo que pierde todo su aplomo por obra de esa idea fija, de ese escrúpulo enfermizo. De ese vicio, que lo convierte en una cosa rápida, precipitada o estancada, amorfa o feroz, amorfa y feroz, feroz taladro, por ejemplo, astuto, filtrador, contorneador, a tal punto que se puede hacer de él lo que se quiera, y llevar el agua en caños para después hacerla brotar verticalmente y gozar por último de su modo de deshacerse en lluvia: una verdadera esclava.

  ... Sin embargo el sol y la luna le envidian esta influencia exclusiva, y tratan de mortificarla cuando, por ocupar grandes extensiones, les presenta un fácil blanco, o cuando se encuentra en estado de menor resistencia, dispersa en delgados aguazules. El sol le arranca entonces mayor tributo mayor. La obliga a un perpetuo ciclismo, la trata como a una ardilla en su rueda.


                                                                    * * *

   El agua se me escapa... se me escurre entre los dedos. ¡Y no sólo eso! Ni siquiera resulta tan limpia (como un lagarto o una rana): me deja huellas en las manos, manchas que tardan relativamente mucho en desaparecer o que tengo que secar. Se me escapa, y sin embargo me marca; y poca cosa puedo hacer en contra.

   Ideológicamente es lo mismo: se me escapa, escapa de toda definición, pero deja en mi espíritu, y en este papel, huellas, huellas informes.


                                                                    * * *

   Inquietud del agua: sensible al menor cambio de declive. Que salta las escaleras con los dos pies al mismo tiempo. Que, pueril de obediencia, abandona en seguida sus juegos cuando la llaman cambiándole la dirección de la pendiente.



(Versión de J.L. Borges)

Los árboles se deshacen en el interior de una esfera de niebla

   Entre la niebla que envuelve los árboles, las hojas les son robadas; las mismas que, desconcertadas por una lenta oxidación y mortificadas por la retirada de la savia en provecho de las flores y frutos, desde los grandes calores de agosto ya estaban menos unidas a ellos.

…..En la corteza se labran regueros verticales por donde la humedad es conducida hasta el suelo, desinteresándose de las partes vivas del tronco.

…..Se dispersan las flores, se desprenden los frutos. Desde la edad más temprana, el abandono de sus cualidades vivas y de partes de su cuerpo ha llegado a ser para los árboles un ejercicio familiar.

El pan

   La superficie del pan es maravillosa, ante todo, a causa de esa impresión cuasi panorámica que ofrece: como si uno tuviera, a mano y a su disposición, los Alpes, el Tauro o la Cordillera de los Andes.

   Así pues, una masa amorfa mientras eructaba fue deslizada para nosotros en el homo estelar, donde, endureciéndose, se ha labrado en valles, crestas, ondulaciones, grietas... Y desde entonces, todos estos planos tan netamente articulados, todas estas losas delgadas donde la luz con aplicación tiende sus fuegos, -y sin una mirada para la innoble blandura subyacente.

   Ese flojo y frío subsuelo que uno llama la miga tiene su tejido semejante al de las esponjas: hojas o flores son allí como hermanas siamesas, soldadas por todos los codos a la vez. Cuando el pan se endurece, esas flores se marchitan y se encogen: se separan unas de otras, y la masa se vuelve friable...
Pero cortémosla aquí: porque el pan en nuestra boca debe ser objeto no tanto de respeto como de consumo

Los placeres de la puerta

  Los reyes no tocan las puertas.

   Ellos no conocen esta dicha: empujar ante sí con suavidad o rudeza uno de esos grandes paneles familiares, volverse hacia él para colocarlo de nuevo en su lugar, -tener entre sus brazos una puerta.

... La dicha de empuñar por el vientre, por su nudo de porcelana, uno de esos altos obstáculos de una pieza; ese cuerpo a cuerpo rápido mediante el cual, detenido el paso un instante, los ojos se abren y el cuerpo todo se acomoda a su nuevo apartamento.

   Con una mano amistosa, él la retiene todavía, antes de empujarla decididamente y encerrarse, -de lo cual el ruido del resorte poderoso pero bien aceitado agradablemente lo asegura.

El cigarrillo


Formemos primero la atmósfera a la vez brumosa y seca, desmelenada, donde el cigarrillo está siempre puesto de través, desde el instante en que él mismo comienza a crearla continuamente.
Luego, su persona: una pequeña antorcha mucho menos luminosa que perfumada, de donde se desprenden y caen, según un ritmo aún no determinado, un número calculable de pequeñas masas de ceniza.
Por último, su pasión: ese botón abrasado, descarnándose en películas plateadas, que un manguito inmediato formado por las más recientes envuelve.