viernes, 12 de agosto de 2016

R.C.Seine N°

   Es por una escalera de madera nunca vuelta a encerar desde hace treinta años, cubierta de residuo de colillas botadas al suelo hasta la puerta, en medio de un pelotón de pequeños empleados a la vez mezquinos y brutos, de sombrero melón, y maletín de merienda en la mano, que dos veces al  día comienza nuestra asfixia. 
   Reina al interior de esa escalera de caracol un claror reticente, en el que flota en suspensión la raspadura de madera beige. Al ruido de zapatos que la fatiga alza de un peldaño al otro, siguiendo un eje mugroso, nos desplazamos al ritmo de granos de café en el engranaje triturador. 
   Cada cual se cree libre de movimientos, porque una opresión sencilla al extremo, que no difiere mucho de la gravedad, así obliga: desde el fondo de los cielos la mano la miseria hace girar el molino. 
                    

                                                                              *

   A decir verdad, la salida nos es tan peligrosa para nuestra forma. Esa puerta que hay que pasar no tiene sino un gong de carne del tamaño de un hombre, el vigilante que la obstruye a mitad:  más  bien que de un engranaje, se trata aquí de un esfínter. Cada cual, acto seguido, es expulsado de ahí vergonzosamente sano y salvo, aunque muy deprimido, por unos intestinos lubrificados con cera, con fly-tox, con luz eléctrica. Separados bruscamente por largos intervalos, nos encontramos entonces en una atmósfera aturdidora de hospital de duración de cura indefinida para la atención de bolsillos planchados, yendo a toda velocidad a través una suerte de monasterio-pista de patinaje cuyos canales numerosos se cortan en ángulos rectos, - en donde el uniforme la chaqueta raída. 

                                                                      *

   Pronto después, en cada servicio, se abren con un rudo terrible, los armarios de cortina metálica, -de donde descienden pesadamente los cartapacios, como espantosos pájaros-fósiles familiares, desgajados de sus estratos, para posarse sobre las mesas en donde resoplan. Comienza un estudio macabro. Oh, analfabetismo comercial, es hora de la larga, sempiterna celebración de tu culto, bajo el ruido de máquinas sagradas, que hay que servir.
 Todo se inscribe a medida en impresos de varias copias, en donde la palabra reproducida en tonos malva cada vez más pálidos terminaría sin duda por disolverse en el desdén y en tedio mismo del papel, si no hubiera los registros de vencimiento, esas fortalezas de cartón azul muy sólido, perforados en el centro por un ventanuco redondo para que ninguna hoja ahí se disimule en el olvido.
   Dos o tres veces por día, en medio de ese culto, el correo multicolor, radiante y bobo como un pájaro de las islas, recién salido de los sobres marcados de negro por el beso del correo, viene de sopetón a posarse frente a mí. 

   Cada hoja extranjera es adoptada entonces, confiada a una pequeña paloma de la casa, que la guía a destinad sucesivas hasta su clasificación. 
    Ciertas joyas sirven para estos amarres momentáneos: clips de esquina dorados, broches serafines, clips trombón esperan en sus escudillas ser utilizados. 

                                                                   *

   Sin embargo, poco a poco, mientras la hora corre, la ola crece en el cesto de los papeles. Cuando está a punto de desbordarse, es mediodía: un timbre estridente invita a desaparecer inmediatamente de esos lugares. Reconozcamos que nadie se lo hace decir dos veces. Una carrera loca se disputa en las escaleras, en donde ambos sexos autorizados a  confundirse en su fuga, cuando no lo estaban a la entrada, se  entrechocan y se atropellan cual más, cual menos. 
   Es entonces cuando los jefes de servicio toman verdaderamente conciencia de su superioridad: "Turba ruit ou ruunt"; con marcha de sacerdotes, dejando pasar el galope de monjes y monjecillos de todo orden, visitan ellos lamente su dominio, rodeado por privilegio de cristales esmerilados, en un decorado en donde las virtudes aromáticas son la altivez, el mal gusto y la delación, - y al llegar a su vestuario, donde no es raro que se encuentren guantes, un bastón, un echarpe de seda, se quitan de pronto los hábitos de su mueca característica y se transforman en verdaderos hombres de mundo. 

(versión de Waldo Rojas para :"Antología crítica, Francis Ponge", Gog & Magog, Bs.As., 2016)


La jaba

   A medio camino entre la jaula y el calabozo, la lengua posee la jaba. Sencilla cajita con calzados destinada al transporte de aquellos frutos que a la más mínima sofocación recaen enfermos. 
   Montada de tal manera que al término de su uso pueda romperse sin esfuerzo, la jaba no sirve dos veces. Dura, así, todavía menos que los productos fundentes o nebulosos que contiene.
   En cada esquina de las calles que culminan en el mercado, reluce con todo el resplandor sin vanidad de la madera blanca. Todavía muy nueva y levemente sorprendida de ser echada a la basura sin vuelta en tan torpe postura, este objeto es, en suma, uno de los más simpáticos —no obstante, conviene no insistir mucho más tiempo en su suerte.


(Versión de Waldo Rojas, para: "Antología crítica, Francis Ponge", Gog & Magog, Bs As, 2016)

Las moras

   En los matorrales tipográficos constituidos por el poema sobre una ruta que no lleva fuera de las cosas ni al espíritu, algunos frutos están formados de una aglomeración de esferas llenas de una gota de tinta.

                                                                *

   Negros, rosados y caquis juntos en el racimo, ofrecen más bien el espectáculo de una familia arrogante en sus diversas edades que el de una tentación muy viva en la cosecha.
   Vista la desproporción de las pepitas y la pulpa los pájaros los aprecian poco, tan poca cosa en el fondo les queda cuando del pico al ano han hecho su travesía.


                                                                *

   Pero el poeta en el curso de su caminata profesional, va al grano a saciedad: "Así, pues, se dice, dan resultado en gran medida los esfuerzos pacientes de una flor frágil aunque defendida por una maraña ingrata de zarzas. Sin muchas otras cualidades -moras, están perfectamente maduras- como también este poema está hecho."


(versión de Waldo Rojas para "Antología crítica, Francis Ponge" Gog & Magog, Bs.As., 2016)

miércoles, 3 de diciembre de 2014

El gimnasta



Como su G indica, el gimnasta lleva perilla y un bigote que se junta casi con un grueso mechón en forma de gancho sobre una frente caída.

Ceñido por una malla que hace dos pliegues en su ingle, lleva también -como su Y- la cola a la izquierda.

Devasta todos los corazones, pero debe ser casto y su palabrota es ¡BASTA!

Más rosado que lo natural y menos diestro que un mono, salta a los aparatos embargado de puro celo. Luego, con la parte superior de su cuerpo asida a la cuerda de nudos, interroga el aire como una lombriz desde su terrón.

Para acabar, cae a veces de las cintras como una oruga, pero rebota con los pies, y es entonces el adulado prototipo de la estupidez humana quien os saluda.




(Versión de Miguel Casado, Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores, Barcelona, 2006)

miércoles, 25 de septiembre de 2013

La ostra


   La ostra, del tamaño de un canto rodado común y corriente, posee una apariencia más áspera, un color más disperso, blancuzco en su brillo. Un mundo que se encierra obstinadamente. Y aún así, se la puede abrir: hay que sujetarla hundiéndola en un paño, usar un cuchillo breve y algo dudoso, proceder así una y otra vez. Se cortan ahí los dedos curiosos, se quiebran ahí las uñas: es un trabajo rústico. Los golpes que recibe graban su envoltura con círculos blancos, con una especie de aureolas.
   Adentro se encuentra un mundo para beber y comer: bajo un firmamento (propiamente dicho) de nácar, los cielos que están por encima se hunden en los cielos que están por debajo hasta formar un solo charco, una bolsa verdosa y viscosa en un fluir y refluir con el olor y los ojos, a la que se ha envuelto con un negruzco encaje en los ribetes.
Muy raras veces brota una fórmula en su orificio de nácar; de ahí que uno busque rápidamente adornarse.

La vela

La noche aviva a veces una planta singular cuya luz descompone las habitaciones amuebladas en macizos de sombra.
Su hoja de oro se sostiene impasible de un pedúnculo muy negro en el hueco de una columnita de alabastro.
Las polillas la atacan de preferencia durante la luna llena, que vaporiza los bosques. Pero, quemadas enseguida o ahechadas en la gresca, todas se estremecen al borde de un frenesí rayano en el estupor.
Mientras tanto la vela, por un temblor de las claridades sobre el libro en el momento del desprendimiento de los vapores originales alienta al lector. —después se inclina sobre su plato y se ahoga en su alimento.

Orillas del mar

   El mar hasta la cercanía de sus límites es una cosa sencilla que se repite ola por ola. Pero para llegar a las cosas más sencillas en la naturaleza es necesario emplear muchas formas, muchos modales; para las cosas más profundas sutilizarlas de alguna manera. Por eso, y también por rencor contra su inmensidad que lo abruma, el hombre se precipita a las orillas o a la intersección de las cosas grandes para definirlas. Pues la razón en el seno de lo uniforme rebota peligrosamente y se enrarece: un espíritu necesitado de nociones debe ante todo hacer provisión de apariencias.

   Mientras que el aire hasta cuando está atormentado por las variaciones de su temperatura o por una trágica necesidad de influencia y de informaciones directas sobre cada cosa sólo superficialmente hojea y dobla las puntas del voluminoso tomo marino, el otro elemento más estable que nos sostiene hunde en él oblicuamente hasta la empuñadura rocosa anchos cuchillos de tierra que se quedan inmóviles en su espesor. A veces encontrándose con un músculo enérgico una hoja vuelve a salir poco a poco: es lo que se llama una playa.

   Desorientada al aire libre, pero rechazada por las profundidades aunque hasta cierto punto tenga familiaridad con ellas, esta parte de la extensión se estira entre lo uno y lo otro más o menos leonada y estéril, y por lo común no sostiene más que un tesoro de desechos incansablemente alisados y recogidos por el destructor.

   Un concierto elemental, por lo discreto más delicioso y digno de reflexión, se ha ajustado allí desde la eternidad para nadie: desde que se formó por operación sobre una chatura sin límites del espíritu de insistencia que suele soplar de los cielos, la ola llegada de lejos sin choques y sin reproche al fin por primera vez encuentra a quién hablar. Pero una sola y breve palabra se confía a los cantos rodados y a las conchillas, que se muestran muy conmovidas, y la ola expira prefiriéndola; y todas las que la siguen expirarán también haciendo otro tanto, a veces quizá con fuerza algo mayor. Cada una por encima de la otra cuando llega a la orquesta se levanta un poco el cuello, se descubre, y da su nombre al destinatario. Mil señores homónimos son así admitidos el mismo día a la presentación por el mar prolijo y prolífico en ofrecimientos labiales a cada orilla.

   Así también en vuestro foro, oh cantos rodados, no es, para una grosera arenga, algún villano del Danubio el que viene a hacerse oír: sino el Danubio mismo, mezclado con todos los otros ríos del mundo después que han perdido su sentido y su pretensión y están profundamente reservados en una desilusión amarga sólo al gusto de quien se cuidara mucho de apreciar por absorción su cualidad más secreta, el sabor. Porque es, en efecto, después de la anarquía de los ríos, a su abandono en el profundo y copiosamente habitado lugar común de la materia líquida a lo que se ha dado el nombre de mar. De ahí que éste parecerá aun a sus propias orillas siempre ausente: aprovechando el alejamiento recíproco que les impide comunicarse entre sí como no sea a través de él o por grandes rodeos, hace creer sin duda a cada una que se dirige espcialmente hacia ella. En realidad, cortés con todo el mundo, y más que cortés: capaz para cada cual de todos los arrebatos, de todas las convicciones sucesivas, conserva en el fondo de su permanente tazón su posesión infinita de corrientes. Sale apenas de sus bordes, por sí mismo pone freno al furor de sus olas y, como la medusa que él abandona a los pescadores como lrnagen reducida o muestra de sí propio, se limita a hacer una reverencia extática por todas sus orillas.

   Eso es lo que ocurre con la antigua vestidura de Neptuno, amontonamiento pseudo-orgánico de velos unidamente extendidos sobre las tres cuartas partes del mundo. Ni el ciego puñal de las rocas, ni la más perforadora de las tormentas que hacen girar atados de hojas al mismo tiempo, ni el ojo atentó del hombre usado con dificultad y por lo demás sin control en un medio inaccesible a los orificios destapados de los otros sentidos y trastornado más todavía por un brazo que se hunde para agarrar, han leído ese libro.

(Vresión de J.L.Borges, Sur, Buenos Aires, Año XVI, N° 147-148-149, enero, febrero, marzo e 1947)