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miércoles, 25 de septiembre de 2013

La ostra


   La ostra, del tamaño de un canto rodado común y corriente, posee una apariencia más áspera, un color más disperso, blancuzco en su brillo. Un mundo que se encierra obstinadamente. Y aún así, se la puede abrir: hay que sujetarla hundiéndola en un paño, usar un cuchillo breve y algo dudoso, proceder así una y otra vez. Se cortan ahí los dedos curiosos, se quiebran ahí las uñas: es un trabajo rústico. Los golpes que recibe graban su envoltura con círculos blancos, con una especie de aureolas.
   Adentro se encuentra un mundo para beber y comer: bajo un firmamento (propiamente dicho) de nácar, los cielos que están por encima se hunden en los cielos que están por debajo hasta formar un solo charco, una bolsa verdosa y viscosa en un fluir y refluir con el olor y los ojos, a la que se ha envuelto con un negruzco encaje en los ribetes.
Muy raras veces brota una fórmula en su orificio de nácar; de ahí que uno busque rápidamente adornarse.