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martes, 24 de septiembre de 2013

El ciclo de las estaciones

   Cansados de haberse contraído todo el invierno, los árboles de golpe se jactan de estar engañados. No pueden contenerse más: sueltan sus palabras, una oleada, un vómito verde. Tratan de llegar a una foliación completa de palabras. ¡Qué importa! ¡Eso se ordenará como pueda! Pero, en realidad, ¡se ordena! Ninguna libertad en la foliación…    Lanzan, al menos lo creen ellos así, ésta o cualquier otra palabra, lanzan tallos donde suspender más palabras todavía: los troncos nuestros, piensan ellos, están allí para asumirlo todo. Se esfuerzan por esconderse, por confundirse  unos  en  otros. Creen poder decirlo todo, recubrir enteramente el mundo con palabras variadas:  y  tan sólo dicen “los árboles”. Incapaces hasta de retener a los pájaros que de ellos vuelven a partir, ellos que se alegraban de haber producido tan extrañas  flores. ¡Siempre la misma hoja, siempre el mismo modo de desplegarse, y el mismo límite, siempre hojas simétricas a sí mismas, simétricamente suspendidas! ¡Intenta una hoja más! - ¡La misma! ¡Otra más! ¡La misma!    Nada, en suma, podría detenerlos, sino, de pronto, esta observación: “Uno no sale de los árboles con medios de árbol”. Un nuevo cansancio, y una actitud moral completamente nueva. “Dejemos que todo esto amarillezca y caiga. Venga el taciturno estado, el despojamiento, el OTOÑO”.