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martes, 24 de septiembre de 2013

El pan

   La superficie del pan es maravillosa, ante todo, a causa de esa impresión cuasi panorámica que ofrece: como si uno tuviera, a mano y a su disposición, los Alpes, el Tauro o la Cordillera de los Andes.

   Así pues, una masa amorfa mientras eructaba fue deslizada para nosotros en el homo estelar, donde, endureciéndose, se ha labrado en valles, crestas, ondulaciones, grietas... Y desde entonces, todos estos planos tan netamente articulados, todas estas losas delgadas donde la luz con aplicación tiende sus fuegos, -y sin una mirada para la innoble blandura subyacente.

   Ese flojo y frío subsuelo que uno llama la miga tiene su tejido semejante al de las esponjas: hojas o flores son allí como hermanas siamesas, soldadas por todos los codos a la vez. Cuando el pan se endurece, esas flores se marchitan y se encogen: se separan unas de otras, y la masa se vuelve friable...
Pero cortémosla aquí: porque el pan en nuestra boca debe ser objeto no tanto de respeto como de consumo