La noche aviva a veces una planta singular cuya luz descompone las habitaciones amuebladas en macizos de sombra.
Su hoja de oro se sostiene impasible de un pedúnculo muy negro en el hueco de una columnita de alabastro.
Las polillas la atacan de preferencia durante la luna llena, que vaporiza los bosques. Pero, quemadas enseguida o ahechadas en la gresca, todas se estremecen al borde de un frenesí rayano en el estupor.
Mientras tanto la vela, por un temblor de las claridades sobre el libro en el momento del desprendimiento de los vapores originales alienta al lector. —después se inclina sobre su plato y se ahoga en su alimento.
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