El molusco es un ser —casi una— cualidad. No necesita armazón, sino sólo una muralla; es algo como el color en un tubo.
La naturaleza renuncia aquí a la presentación del plasma en forma. Sólo muestra que se interesa por él al protegerlo cuidadosamente dentro de un joyero, cuya cara interior es la más bella.
No es, pues, un simple esputo, sino una realidad de las más preciosas.
El molusco está dotado de una potente energía para encerrarse. No es en verdad más que un músculo, un gozne, un blount y su puerta.
El blount que ha segregado la puerta. Dos puertas ligeramente cóncavas constituyen su morada entera.
Primera y última morada. Se aloja en ella hasta después de su muerte.
Nada qué hacer para sacarlo vivo.
La menor célula del cuerpo del hombre se sujeta así, y con esta fuerza, a la palabra —y recíprocamente.
Pero a veces otro ser viene a violar esta tumba, cuando está bien hecha, y a establecerse en el lugar del constructor difunto.
Es el caso del ermitaño.
(Versión de Miguel Casado)
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