Cuando el azúcar elaborado en los tallos surge al fondo de las flores, como al fondo de las tazas mal lavadas, -un gran esfuerzo se produce por tierra, de donde las mariposas levantan de golpe su vuelo.
Pero como cada oruga tuvo la cabeza cegada y dejada negra, y el torso enflaquecido por la verdadera explosión de donde las alas simétricas flamearon, desde entonces la mariposa errática tan sólo se posa al azar de su carrera, o dando esa impresión.
Fósforo volante, su llama no es contagiosa. Y, además, llega muy tarde y no puede sino comprobar las flores abiertas. No importa: conduciéndose como un lamparero, verifica la provisión de aceite de cada una. Posa en la cumbre de las flores el guiñapo atrofiado que lleva con sigo y venga así su larga humillación amorfa de oruga al pie de los tallos.
Minúsculo velero de los aires maltratado por el viento como pétalo redundante, vagabundea por el jardín.
(Versión de Alfredo Silva Estrada)
martes, 24 de septiembre de 2013
El ciclo de las estaciones
Cansados de haberse contraído todo el invierno, los árboles de golpe se jactan de estar engañados. No pueden contenerse más: sueltan sus palabras, una oleada, un vómito verde. Tratan de llegar a una foliación completa de palabras. ¡Qué importa! ¡Eso se ordenará como pueda! Pero, en realidad, ¡se ordena! Ninguna libertad en la foliación… Lanzan, al menos lo creen ellos así, ésta o cualquier otra palabra, lanzan tallos donde suspender más palabras todavía: los troncos nuestros, piensan ellos, están allí para asumirlo todo. Se esfuerzan por esconderse, por confundirse unos en otros. Creen poder decirlo todo, recubrir enteramente el mundo con palabras variadas: y tan sólo dicen “los árboles”. Incapaces hasta de retener a los pájaros que de ellos vuelven a partir, ellos que se alegraban de haber producido tan extrañas flores. ¡Siempre la misma hoja, siempre el mismo modo de desplegarse, y el mismo límite, siempre hojas simétricas a sí mismas, simétricamente suspendidas! ¡Intenta una hoja más! - ¡La misma! ¡Otra más! ¡La misma! Nada, en suma, podría detenerlos, sino, de pronto, esta observación: “Uno no sale de los árboles con medios de árbol”. Un nuevo cansancio, y una actitud moral completamente nueva. “Dejemos que todo esto amarillezca y caiga. Venga el taciturno estado, el despojamiento, el OTOÑO”.
La naranja
Al igual que la esponja, la naranja aspira a recobrar su compostura tras pasar por la prueba de haber sido estrujada. Pero si bien la esponja lo consigue siempre, la naranja jamás, porque sus células ya estallaron, sus tejidos ya se desgarraron. Mientras externamente va de a poco recobrando su forma gracias a su elasticidad, un líquido de color ámbar se ha derramado, acompañado de un frescor y de perfumes suaves, es verdad, pero también a veces de la amarga conciencia de que han sido expulsadas precipitadamente sus pepitas.
¿Hay que tomar partido entre estas dos maneras de soportar la opresión? La esponja es puro músculo, y se llena de viento, del agua limpia o sucia, según el caso, y esta gimnasia es innoble. La naranja es más refinada, pero demasiado pasiva -y el sacrificio perfumado… es en verdad hacerle las cosas demasiado fáciles al opresor.
Pero no es suficiente para hablar de la naranja el haber recordado su manera específica de perfumar el aire regocijando a su verdugo. Es necesario destacar también el glorioso tono del líquido derramado que, mejor que el jugo del limón, obliga a la laringe a abrirse generosamente para decir la palabra y para tomarlo, sin muecas aprensivas, sin rispidez en las papilas gustativas.Y uno se queda sin palabras para contar la admiración que despierta la envoltura de la tierna, frágil y rosada esfera en este espeso papel secante húmedo en el que la epidermis extremadamente fina pero muy pigmentada, hirientemente sápida, tiene el punto justo de rugosidad que permite retener dignamente la luz sobre la forma perfecta de la fruta.Pero al final de un estudio demasiado breve, hecho lo más rotundamente posible, es necesario ir al grano: la semilla, parecida a un minúsculo limón, tiene el color de la madera blanca del limonero, y por dentro es de un verde de arveja o de brote nuevo. Y allí se puede reencontrar, detrás de la explosión sensacional del farol veneciano de sabores, colores y perfumes que es la esfera frutada en sí misma, la relativa dureza y el verde (no desprovisto por cierto de sabor) de la madera, de la rama y la hoja: un resumen pequeño pero que ciertamente es la razón de existir de la fruta.
El Molusco
El molusco es un ser —casi una— cualidad. No necesita armazón, sino sólo una muralla; es algo como el color en un tubo.
La naturaleza renuncia aquí a la presentación del plasma en forma. Sólo muestra que se interesa por él al protegerlo cuidadosamente dentro de un joyero, cuya cara interior es la más bella.
No es, pues, un simple esputo, sino una realidad de las más preciosas.
El molusco está dotado de una potente energía para encerrarse. No es en verdad más que un músculo, un gozne, un blount y su puerta.
El blount que ha segregado la puerta. Dos puertas ligeramente cóncavas constituyen su morada entera.
Primera y última morada. Se aloja en ella hasta después de su muerte.
Nada qué hacer para sacarlo vivo.
La menor célula del cuerpo del hombre se sujeta así, y con esta fuerza, a la palabra —y recíprocamente.
Pero a veces otro ser viene a violar esta tumba, cuando está bien hecha, y a establecerse en el lugar del constructor difunto.
Es el caso del ermitaño.
(Versión de Miguel Casado)
La naturaleza renuncia aquí a la presentación del plasma en forma. Sólo muestra que se interesa por él al protegerlo cuidadosamente dentro de un joyero, cuya cara interior es la más bella.
No es, pues, un simple esputo, sino una realidad de las más preciosas.
El molusco está dotado de una potente energía para encerrarse. No es en verdad más que un músculo, un gozne, un blount y su puerta.
El blount que ha segregado la puerta. Dos puertas ligeramente cóncavas constituyen su morada entera.
Primera y última morada. Se aloja en ella hasta después de su muerte.
Nada qué hacer para sacarlo vivo.
La menor célula del cuerpo del hombre se sujeta así, y con esta fuerza, a la palabra —y recíprocamente.
Pero a veces otro ser viene a violar esta tumba, cuando está bien hecha, y a establecerse en el lugar del constructor difunto.
Es el caso del ermitaño.
(Versión de Miguel Casado)
La lluvia
La lluvia, en el patio donde la miro caer, cae con apariencias muy diversas. En el centro, forma una delgada cortina (o red) discontinua, de una caída implacable pero relativamente lenta de gotas probablemente bastante livianas, una precipitación
sempiterna, sin vigor, una fracción intensa de meteoro puro. A poca distancia de los muros a izquierda y derecha, caen ruidosamente gotas más pesadas, individuadas. Aquí parecen tener el grosor de un grano de trigo, allí el de un guisante, más allá el de una cuenta. Sobre los listeles, sobre las balaustradas de la ventana corre la lluvia horizontal mientras que sobre la faz interior de estos mismos obstáculos queda suspendida como caramelos de forma convexa. Según la superficie toda del pequeño techo de zinc que domina la mirada, corre en pequeños arroyitos de colores cambiantes a causa de las tan variadas corrientes que se desprenden de las imperceptibles ondulaciones y resaltos del techo. Desde el canalón adyacente en el cual se desliza contenida en un cauce hueco sin mayor pendiente, cae súbitamente como un hilo perfectamente vertical, trenzado bastante groseramente, hasta chocarse con el suelo donde resurge bajo la forma de brillantes agujas.
Cada una de estas formas tiene un apariencia particular, y a cada una responde un ruido particular. El todo vive con una intensidad como si se tratara de un complicado mecanismo, tan preciso como azaroso, como el de un reloj cuya cuerda es el peso de una determinada masa de vapor en precipitación.
El timbre al tocar el suelo los hilos verticales, el gluglú de las goteras, los minúsculos toques de gong se multiplican y resuenan a la vez en un concierto sin monotonía, no sin delicadeza.
Cuando se le acaba la cuerda, algunos engranajes continúan funcionando por un tiempo, se vuelven cada vez más lentos y luego toda la maquinaria se detiene. Entonces, si el sol reaparece, todo se borra rápidamente, el aparato brillante se evapora: ha llovido.
(Versión de Miguel Casado)
El fuego
El fuego hace una ordenación: primero, todas las llamas se mueven en un sentido…
…..(No se puede comparar el modo de andar del fuego más que con el de los animales: debe dejar un lugar para ocupar otro; camina a la vez como una ameba y como una jirafa, salta con el cuello, repta con un pie)…
…..Luego, mientras las masas contaminadas con método se desploman, los gases que escapan se van transformando en una sola rampa de mariposas.
(trad. Miguel Casado)
Del agua
Más abajo que yo, siempre más abajo que yo está el agua. Siempre la miro con los ojos bajos. Como el suelo, como una parte del suelo, como una modificación del suelo.
Es blanca y brillante, informe y fresca, pasiva y obstinada en su único vicio: el peso, y dispone de medios excepcionales para satisfacer este vicio: contornea, atraviesa, corroe, se infiltra.
En su propio interior funciona también el vicio: se desfonda sin cesar, renuncia a cada instante a toda forma, sólo tiende a humillarse, se acuesta boca abajo en el suelo, casi cadáver, como los monjes de ciertas órdenes. Cada vez más abajo: tal parece ser su divisa: lo contrario de excelsior.
* * *
Casi se podría decir que el agua está loca, por esa histérica necesidad de no obedecer más que a su peso, que la posee como una idea fija.
Es verdad que todas las cosas del mundo conocen esa necesidad, que siempre y en todas partes debe satisfacerse. Este armario, por ejemplo, se muestra muy testarudo en su deseo de adherirse al suelo, y si algún día llega a encontrarse en equilibrio inestable preferirá deshacerse antes que oponérsele. Pero, en fin, hasta cierto punto juega con el peso, lo desafía: no se está desfondando en todas sus partes; la cornisa, las molduras no se prestan a ello. Hay en el armario una resistencia en beneficio de su personalidad y de su forma.
LÍQUIDO es, por definición, lo que prefiere obedecer al peso para mantener su forma, lo que rechaza toda forma para obedecer a su peso. Y lo que pierde todo su aplomo por obra de esa idea fija, de ese escrúpulo enfermizo. De ese vicio, que lo convierte en una cosa rápida, precipitada o estancada, amorfa o feroz, amorfa y feroz, feroz taladro, por ejemplo, astuto, filtrador, contorneador, a tal punto que se puede hacer de él lo que se quiera, y llevar el agua en caños para después hacerla brotar verticalmente y gozar por último de su modo de deshacerse en lluvia: una verdadera esclava.
... Sin embargo el sol y la luna le envidian esta influencia exclusiva, y tratan de mortificarla cuando, por ocupar grandes extensiones, les presenta un fácil blanco, o cuando se encuentra en estado de menor resistencia, dispersa en delgados aguazules. El sol le arranca entonces mayor tributo mayor. La obliga a un perpetuo ciclismo, la trata como a una ardilla en su rueda.
* * *
El agua se me escapa... se me escurre entre los dedos. ¡Y no sólo eso! Ni siquiera resulta tan limpia (como un lagarto o una rana): me deja huellas en las manos, manchas que tardan relativamente mucho en desaparecer o que tengo que secar. Se me escapa, y sin embargo me marca; y poca cosa puedo hacer en contra.
Ideológicamente es lo mismo: se me escapa, escapa de toda definición, pero deja en mi espíritu, y en este papel, huellas, huellas informes.
* * *
Inquietud del agua: sensible al menor cambio de declive. Que salta las escaleras con los dos pies al mismo tiempo. Que, pueril de obediencia, abandona en seguida sus juegos cuando la llaman cambiándole la dirección de la pendiente.
(Versión de J.L. Borges)
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